En este blog se permite fumar, aunque recomiendo no hacerlo en agradecimiento a una excelente homeópata a la que debo mucho. Se prohibirá terminantemente el día en que desaparezcan las armas atómicas, las centrales nucleares y sus residuos, la contaminación, la desertización y la pederastia. ¡Ah!, se me olvidaba, también se pueden dejar comentarios.

jueves, 17 de febrero de 2011

Pérdidas y hallazgos

Escribí este artículo el 15 de Enero de 2003, pero creo que tiene absoluta vigencia, y me complace colgarlo ahora para general disfrute y a los efectos oportunos. De nada.


PÉRDIDAS Y HALLAZGOS


Bien sabe Dios que no me considero la persona mas cualificada para desentrañar ese universo misterioso de los objetos perdidos y hallados, no precisamente en el templo sino en cualquier insospechado lugar, pero también es cierto que no puedo dejar pasar una ocasión de oro para hacer unas risas con el asunto o, por lo menos, unas sonrisitas.
He escuchado una información sobre objetos encontrados en el "metro" de Bilbao y, pese a la juventud de sus instalaciones, la verdad es que la lista no deja de ser ciertamente curiosa, aunque supongo que similar a la de sus hermanos mayores de Madrid, Londres, Nueva York o Moscú.
Que somos unos despistados como la copa de un pino es algo indiscutible. Valga, para ilustrar esta afirmación, la celebérrima definición de paraguas: "objeto que se deja olvidado en cualquier lugar los días de lluvia". Si añadimos, por ejemplo, la pérdida de un hijo, o del abuelo, tras repostar en una estación de servicio, deberemos concluir en que, así como el león es el rey de la selva y el cóndor el rey del aire, el hombre es el rey del despiste. No existe ningún mamífero, aparte de los seres humanos, que se deje olvidados a sus ascendientes o descendientes en cualquier cruce de caminos; ¡no, señor!
Aunque los despistes no sólo deben aplicarse a las pérdidas de personas u objetos.
Me disponía a acostarme un buen día, cuando oí que alguien manipulaba en la cerradura de mi apartamento. El resto de mi familia dormía, por lo que forzosamente se trataba de un extraño que pretendía invadir la intimidad de mi hogar. Descarté que pudiera ser un ladrón, porque hacía demasiado ruido en el intento. Poco tardé en salir de dudas, pues a través de la mirilla comprobé que quien intentaba esforzadamente abrir, sin conseguirlo, era el vecino de abajo, ligeramente escorado por el impacto directo de dos o tres copillas de más. Cuando abrí, me miró con unos ojos como platos.
—Manolo, que te has equivocado de piso...— le dije, no sin cierto retintín.
—¡Joder!, ya me parecía que tardaba mucho en abrir. Perdona, oye —Y fuese escaleras abajo dando algunos aparatosos traspiés.
En una céntrica avenida fui testigo de otro hecho graciosísimo, que si no tuvo consecuencias fue gracias a la corrección de las personas que lo protagonizaron y a su buena fe.
Un matrimonio de cierta edad se acercó a su automóvil, correctamente aparcado, y el marido, con toda cortesía, abrió la puerta derecha para que entrase su señora. Pero ella se quedó mirando el interior con extrañeza, sin atreverse a tomar asiento. En esto, llegó un tercer caballero, que preguntó:
—¿Qué hacen ustedes en mi coche?
Todo quedó explicado en pocos minutos, cuando el matrimonio descubrió que su vehículo, exactamente igual que el invadido excepto en el color del tapizado, se encontraba estacionado unos metros mas allá.
Yo, la verdad, toda mi vida he sido un tímido, sobre todo en mis relaciones con el bello sexo. Tengo una prima, algunos años mayor que yo, que en los tiempos heroicos se alojaba en nuestra casa durante sus exámenes de Magisterio, ya que ella residía en Guernica. Mi prima era una guapa morena, de cabello negro y sedoso, que hacía desnucarse a los muchachos cuando pasaba. Con mis trece años, visitado por el acné, inseguro e inexperto —igual que ahora, por lo demás—, caminaba por el centro de la ciudad cuando vi a mi prima, de espaldas, contemplando un escaparate. Me acerqué, decidido y animado, le puse la mano en el hombro y le dije:
—Begoña, ¿qué haces aquí?
La chica se volvió inmediatamente... ¡pero no era Begoña!
En aquellos momentos nada me habría hecho más feliz que desaparecer en el aire, como el humo de un cigarrillo.
Creo que el resplandor de mi rubor eclipsó al de los semáforos.
—Oye, que ese truco es muy viejo —me respondió, sonriente.
Y yo, idiota de mí, que no sabía que cuando una chica dice eso es que te está dando pie para entablar una conversación más larga, me deshice en tartamudeos de disculpa, jurando y perjurando que era igual que mi prima, y a las primeras de cambio me perdí en lontananza. Así que despiste por partida doble.
Un individuo muy curioso, a quien aprecio más que si fuera mi hermano, es mi primo González. Solemos llamarle familiarmente Pepito, pero cuando deseamos hacer referencia a alguno de sus chocantes despistes le decimos González, y él sabe por qué. Es amable, honrado, emprendedor, cariñoso y chacinero, pero de vez en cuando nos deleita con situaciones hilarantes, cuando no asombrosas. Le encanta perderse monte a través pero, ¡ojo!, perderse en el sentido literal de la palabra, es decir, que para ir de Madrid a La Coruña Pepito pasaría previamente por Barcelona. Luego discute y porfía en que el camino escogido era el más adecuado y rápido, además del más practicable, pero lo cierto es que si ha salido al monte y se le espera para comer, muy probablemente no aparecerá hasta la hora de la cena, con suerte. Y digo con suerte, porque más de una vez ha tenido que pernoctar debajo de un haya.
Una de sus últimas "hazañas" es la que sigue: Se estaba preparado un suculento almuerzo, que sería el colofón de la excursión montañera, prevista para la mañana siguiente en compañía de un grupo de amigos. Pepito seleccionó unas excelentes y abundantes magras de "pata negra", que entre pan y pan conformarían un auténtico banquete a disfrutar en plena cumbre, en contacto directo con la naturaleza —ya se sabe que el campo abre el apetito—, para envidia de propios y extraños, equipados con miserables latas de atún, tortillas u otras zarandajas por el estilo. Se pusieron en marcha, caminaron, llegaron sudorosos y hambrientos a la cúspide, desembalaron los bocadillos y, ¡oh, sorpresa!, Pepito descubrió que su almuerzo iba a ser pan con pan, porque después de todos sus cuidadosos preparativos... ¡se había dejado el jamón en casa! Comió su pan sin hacer comentarios, y sólo meses después supimos lo ocurrido.
Mi hija, sin ir más lejos, tiene un tremendo problema con las llaves. Yo le digo que es algo patológico. Ha perdido tres juegos, y hemos tenido que cambiar la cerradura en dos ocasiones. La última vez, le regalé un llavero de seguridad, tipo mosquetón, que se sujetaba en el cinturón o en un ojal, y era casi imposible de soltar. Pues le duró dos semanas…
Algunos tienen fijación con los bolígrafos. Conocí a un ingeniero metalúrgico que los olvidaba encima de todas las mesas por donde pasaba pero, simultánea y maquinalmente, se guardaba todos los que encontraba a su paso, de forma que era habitual ver sobresalir del bolsillo de su camisa dos o tres docenas de bolígrafos o lapiceros. Este hombre, a quien tengo en mucho aprecio, es fumador empedernido desde los diecisiete años. Entró en una cafetería, y pidió un paquete de tabaco mientras estrujaba entre sus manos el recién terminado. Cuando el camarero le entregó la cajetilla, extrajo un cigarrillo, lo encendió, se guardó el paquete arrugado y vacío, y arrojó a la papelera el recién abierto que acababa de comprar. Enfrascado en su trabajo cotidiano —se le consideraba una autoridad en el campo de los aceros especiales—, no era anormal verle encender los cigarrillos por la boquilla, con el siguiente comentario:
—Qué mal sabe hoy este tabaco, ¡coño!
En lo que se refiere a los hallazgos del "metro" bilbaíno, la cosa tiene tela marinera. Los del servicio de limpiezas han encontrado de todo... ¡Hasta un cheque al portador por cinco millones de pesetas!
Y encima tuvieron que hacer gestiones para localizar al dueño, a través del correspondiente Banco. ¡Ahí es nada!
Los del "metro" dicen que encuentran de todo, pero fundamentalmente libros, paraguas, apuntes y teléfonos móviles. Lo más curioso es que nadie vuelve a reclamar los teléfonos móviles. A ver si al final no van a resultar tan imprescindibles como nos quieren hacer creer...
Después de la Nochevieja encontraron... ¡un sostén!
Particularmente, en algunas ocasiones —no muchas, la verdad— he tenido dificultades para desenganchar esos malditos cierres que los fabricantes colocan sobre la última frontera que separa la posibilidad de la realidad. En verdad, son complicados de abrir los condenados, sobre todo teniendo en cuenta que, por lo general, se intenta con cierta prisa. Por tanto, la pregunta del millón de dólares es: ¿cómo carajo puede perder una señora su sostén en un vagón del "metro"?
Yo, que soy un pardillo y destilo buena fe, sólo puedo pensar en el despiste monumental por parte de la dama en cuestión, que pudo iniciarse con la adquisición de una prenda varias tallas mayor de lo necesario, y que finalizó con el inadvertido desprendimiento de la misma desde su cálida ubicación como consecuencia de su propia flojera y de los apretujones inherentes a tal medio de transporte.
¿Qué opinan ustedes?

No hay comentarios:

Publicar un comentario