En este blog se permite fumar, aunque recomiendo no hacerlo en agradecimiento a una excelente homeópata a la que debo mucho. Se prohibirá terminantemente el día en que desaparezcan las armas atómicas, las centrales nucleares y sus residuos, la contaminación, la desertización y la pederastia. ¡Ah!, se me olvidaba, también se pueden dejar comentarios.

jueves, 14 de abril de 2011

Romance de Segismundo



ROMANCE DE SEGISMUNDO, O CUIDADO CON EL RADAR

En la tierra castellana,
la que Machado cantaba,
pasóse lo que pasó
cuando el Sol más calentaba
en un día de domingo,
bien entrada la mañana.
Aquí narraré los hechos
tal como me los contara
un buen amigo de Burgos,
de noble y firme palabra.
Por poner un cierto nombre
al mozo de nuestra historia,
paréceme Segismundo
-de calderoniana gloria-
apelativo adecuado
para utilizar ahora;
aunque sin ser verdadero,
a nuestros fines se acopla.
No olviden vuesas mercedes
que, al ser la historia muy cierta,
conviene mucho ocultar
quién fuera el protagonista,
para mantener segura
la integridad del artista.
Mas pasemos a los hechos
que el burgalés me contara,
pues os han de sorprender
y hasta llenar de algazara.
Llegóse el buen Segismundo
 de sus padres a la casa
con idea de yantar
en la bien provista mesa,
cosa habitual los domingos
al norte y sur del planeta.
La estancia alcanza bien presto
donde su madre trajina,
-que algunos la llaman “kitchen”
y aquí le dicen cocina-,
deleitándose su olfato
con los aromas que llegan
de cazuelas y sartenes
que en el fuego borbotean.
La mujer rompe el encanto
y le pide, muy nerviosa,
que corra a comprar el pan
a la otra aldea cercana,
antes de que el personal
se siente en torno a la mesa,
pues que ella no pudo hacerlo
por estar atareada.
- No tengas cuidado, madre,
madre del alma querida,
porque antes de un cuarto de hora
me tendrás en la cocina
con dos panes bajo el brazo,
o con lo que tú me digas.
Salta Segismundo a bordo
de su máquina plateada,
un potro de seis cilindros,
de seis cilindros en línea,
que pasa de cero a cien
antes de doblar la esquina,
y entre una nube de polvo
enfila la carretera
dejando detrás el pueblo
y el olor a gasolina,
y antes de quince minutos
el mozo ya está de vuelta
satisfecho y sonriente
con la compra recién hecha,
y todos los comensales
celebran la su grandeza.
Una semana después
llega una carta maldita
a nombre de Segismundo
por la DGT espedida:
Trescientos euros de multa
le ha costado el viaje de ida,
y otros trescientos eurejos
le ha costado el de venida,
porque la Guardia Civil
estaba bien prevenida
cubriendo con su radar
la ruta desguarnecida,
y el límite de 50
es válido noche y día.
Considera Segismundo
-en sus manos la misiva-
que nunca barras de pan
fueron tan encarecidas.
(Servidor de ustedes)



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