Cuando un país dispone de una constitución democrática, parece que todo el mundo puede decir y hacer lo que quiera dentro de los límites definidos por el documento. Yo viví muchos años del régimen dictatorial del general Franco, y en consecuencia -como cabe deducir- he conocido todos los años de la nueva democracia española. En tiempos de Franco podías hablar o escribir de todo menos de él, sus leyes y su forma de gobernar. Ahora, en plena democracia, hay que andar con pies de plomo. Por supuesto, puedes despotricar contra el rey, el presidente del Gobierno, los parlamentarios y la oligarquía (a todos ellos se la trae al pairo), pero ojo con hablar en contra de ciertas políticas desarrolladas por algunos señores presidentes de determinadas Comunidades Autónomas. Hoy se celebra el Día de la Constitución, máxima fiesta nacional de cualquier país civilizado; aquí, en España, es un día prácticamente igual que los anteriores, plagado de descortesías, desplantes, desprecios, soberbias, grandilocuencias, ineptitudes, ineficacias y tristeza, mucha tristeza. Pero, al menos y de momento, hacemos y decimos lo que queremos.
¿O lo que podemos...?
¿O lo que podemos...?
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De "Forges", en EL PAÍS (6-12-2012) |
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