En este blog se permite fumar, aunque recomiendo no hacerlo en agradecimiento a una excelente homeópata a la que debo mucho. Se prohibirá terminantemente el día en que desaparezcan las armas atómicas, las centrales nucleares y sus residuos, la contaminación, la desertización y la pederastia. ¡Ah!, se me olvidaba, también se pueden dejar comentarios.

lunes, 15 de marzo de 2010

Haikus de invierno

HAIKUS DE INVIERNO

Negras cortinas

cubriendo el cielo azul

tapan el alma.



Van hacia el sur

los pájaros del norte.

Vuela la vida.



Un níveo copo

danza solo en el aire.

Empieza el baile.



Tiemblan de frío

los árboles desnudos

sin un lamento.



No hay alegría:

se escondió con el Sol

tras las colinas.



Resguardó el pastor

a todas sus ovejas.

Crepita el fuego.



¿Adónde fueron

las azules montañas?

Hoy todo es blanco.



No puede nadar

el pato en su laguna.

Sólo patina.



El indigente

tiene por suave manta

unos cartones.



Sobre la nieve,

incansables danzantes,

pardos gorriones.

domingo, 14 de marzo de 2010

30 años sin Félix

Se cumplen hoy 30 años de la trágica desaparición del naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente, cuyas series televisivas "Planeta Azul" y "El Hombre y la Tierra" han dado (y siguen dando) la vuelta al mundo.
Murió en Alaska, al estrellarse la avioneta en que viajaba con parte de su equipo técnico. El aparato, que volaba a muy baja altura, perdió uno de los patines deslizantes, se desestabilizó y cayó sin control.
No podía dejar pasar esta fecha sin recordarle en mi blog. Es lo menos que puedo hacer por alguien que metió la Naturaleza en nuestras casas, y que nos hizo ver y sentir el mundo que nos rodea de una forma diferente. Además, fue casi paisano, porque estudió en el colegio del Sagrado Corazón, de Vitoria.
Si un hombre sobrevive en sus obras, Félix Rodríguez de la Fuente es inmortal.
De hecho, ya es leyenda.
Estés donde estés, ¡gracias, amigo!

sábado, 13 de marzo de 2010

¿Cuál es la capital de Euskadi, Bilbao o Vitoria?

Izquierda: BILBAO-Museo Guggenheim
Derecha: VITORIA-Plaza de la Virgen Blanca








Finalmente, la polémica que permaneció latente durante 30 años, más o menos soterrada por mor de los intereses políticos, se ha desatado con toda su virulencia. Según declaraciones del alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, la verdadera capital de Euskadi es Bilbao. El diputado general de Vizcaya, José Luis Bilbao, se ha apresurado a corroborar lo dicho por Azkuna, reafirmando que Bilbao "es la capital de hecho" de Euskadi. Ambos políticos pertenecen al Partido Nacionalista Vasco (PNV)
Y tienen toda la razón, ¿para qué negarlo?
En la escuela (hace muchos años; cuando los magos buenos andaban por el mundo) me enseñaron que la capital de Holanda era Amsterdam, y que el Gobierno residía en La Haya. Aquí, en el País Vasco, viene a ocurrir más o menos lo mismo: la capital es Bilbao, pero el Gobierno reside en Vitoria. ¿Por qué?
La provincia de Álava, cuya capital es Vitoria, limita al norte con Vizcaya y Guipúzcoa; al este con Navarra; al oeste con Burgos, y al sur con La Rioja. La población alavesa siempre fue bastante conservadora, no tanto en su ideario político como en sus costumbres y tradiciones. Paso casi obligado de la industrial Vizcaya hacia el interior de la Península, mantenía excelentes relaciones de tú a tú con sus vecinas del sur, del este y del oeste, y, de hecho, el carácter de sus gentes presentaba más afinidad con navarros, burgaleses y riojanos que con los vizcaínos. Pese a todo, el Parlamento Vasco de 1.980, gobernado en mayoría por el PNV, otorga a Vitoria la capitalidad de Euskadi. Esta decisión no dejó de sorprender a muchos ciudadanos, que daban por hecho (desde siempre) que tal honor correspondería a Bilbao, cuya población (área metropolitana más núcleos adyacentes) sextuplica la de Vitoria. Mi explicación personal para tal decisión es que el Partido Nacionalista Vasco trató (y consiguió, por lo que se ha visto) de anular las tendencias castellano-españolas de Álava, convirtiéndolas a su nacionalismo particular. Al otorgar a Vitoria la capitalidad del País Vasco, la provincia de Álava, que quizá hubiera tenido otro futuro (no digo mejor ni peor) uniendo su destino a La Rioja, Navarra o Burgos, quedó integrada en el nuevo País Vasco surgido de las urnas, a todos los efectos y sin posibilidad (al menos a corto y medio plazo) de reacción.
Que conste que estas polémicas me la traen muy floja. Todos los que me conocen saben que siempre dije que la capital de Euskadi era (y seguirá siendo durante muchos años) Bilbao. A Vitoria se le colgó una medalla en el pecho y se le dijo "Ya eres de los nuestros", y muchos lo creyeron. De nada sirve discutir: los hechos están ahí para marcar las diferencias, empezando por la utilización de los aeropuertos, y terminando por el desarrollo urbanístico y de infraestructuras.
Euskadi, capital Bilbao; el Gobierno reside en Vitoria.
Norte contra Sur. ¿Habrá estallado la Guerra de Secesión?

viernes, 12 de marzo de 2010

Ha muerto Miguel Delibes

Ha fallecido el insigne escritor vallisoletano Miguel Delibes, autor, entre otras muchas novelas, de "La sombra del ciprés es alargada", "Cinco horas con Mario" y la inolvidable "Los santos inocentes". Siempre me pareció un hombre sencillo, que no necesitó publicidad del tipo "salir del armario", "su pensamiento político era", "su desmedida afición al alcohol, las drogas y el sexo", ni pijadas por el estilo. Era un castellano leal en toda la acepción de la palabra, y un autor claro, directo y humano.
Se escribirán ríos de tinta sobre su vida y obra. Yo sólo puedo añadir que he sentido su muerte, como la habrán sentido los inmensos campos de su Castilla natal, que no volverán a disfrutar con la presencia de uno de sus más grandes y queridos hijos. Descanse en paz.

jueves, 11 de marzo de 2010

Carolina y los zapatos



Carolina de Mónaco, la recta

y linda princesita de este cuento,

dispone de un cuantioso presupuesto

de más de cien millones de pesetas.

Carolina es persona selecta,

alejada del entorno modesto,

desagradable, mísero e infecto

de quienes no poseen ni chancletas.

Feliz en la ignorancia, esta princesa

de pesetas ocho millones gasta

cada año, comprando con largueza

cientos de pares de zapatos. ¡Basta

de estupidez! No pido gentileza,

ni cariño, ni amor para esa casta

que a tus dorados pies sufre pobreza,

pero sí que demuestres tu nobleza

compartiendo la pasta.

martes, 9 de marzo de 2010

La publicidad y el "Día Internacional de la Mujer"




Ayer, sin duda para conmemorar el "Día Internacional de la Mujer", recibí este interesante, sugestivo e inspirado panfleto, que dice bien poco de la imaginación del publicista y del sentido de la oportunidad del distribuidor publicitario.
Que quede bien claro que soy enemigo declarado de la publicidad; más aún de los "consejos publicitarios", y, por encima de todo, de la publicidad sexista, mentirosa, pesada, tediosa, implacable, invasiva y carente de buen gusto. Odio sobremanera esa forma de mensaje catastrofista, que asusta para luego ofrecer el remedio universal, del tipo: "¡Ay!, Pepita; qué problema tengo: me meo por la pata abajo. Todo el mundo va a percibir el tufo que desprende mi entrepierna." "No te preocupes, mujer; usa PENA LADY y estarás segura."
Dicho esto, y volviendo al tema de inicio, siempre he considerado absurda la publicidad que se basa en mostrar el cuerpo (lo más desnudo posible) de una mujer (aunque ahora también se están poniendo de moda los hombres). "Cacahuetes Fernández: los mejores del mundo", y tía en bragas para ilustrar el anuncio; "Urbanización Las Olas, donde es feliz la señora Manola", y tía medio en bolas como confirmación de dicha felicidad; "Pylette Super Plus, la maquinilla de los superhéroes", y tío cachas pasándose la mano por la mejilla mientras fija la mirada en el infinito. Pero, vamos a ver, ¿qué tienen que ver una señora o un señor en pelotas para garantizar la calidad de un producto? ¿Hasta dónde llega la imbecilidad de la raza humana? ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿A cómo van las patatas?
Y yo qué sé...
Yo sólo sé que publicitar depilación mediante cuatro señoras en bragas, utilizando la pregunta "¿Cuál es tu zona euro?" (¿el "chichi", quizá?), en el Día Internacional de la Mujer, me parece, cuando menos, una soberana gilipollez.


¡Esto sí que es nieve!

Cada vez que caen cuatro copos de nieve por aquí, se montan unos cristos de agárrate y no te menees. Todavía hay gente retenida en la frontera de La Junquera por la nevada de ayer. En Vitoria, gracias a dos centímetros de nieve helada, se organizó un follón de tráfico del copón. ¿No estamos preparados? ¿Somos tontos? ¿Se originan los mismos problemas en Suiza, Alemania y los países del Este? No lo sé, pero tengo la impresión de que no. De cualquier forma, dedicado especialmente a todos aquéllos que hablan del "terrible invierno de este año" y de la "tercera nevada intensa del invierno", aquí van unas cuantas fotos de la zona del Puerto de Pajares (Nacional 630; paso obligado desde Asturias hacia la Meseta Central y viceversa, hasta la entrada en servicio de la AP 66), del año 1.953. ¡Poneos la bufanda!














lunes, 8 de marzo de 2010

¡7.000 visitas...!

No sé si alguna vez os he explicado por qué y cómo monté este blog. Para empezar, no tenía ni idea de estas cosas. Es más, pasaba del tema olímpicamente. Una tarde, jugueteando con el ordenador mientras me tomaba un café, caí por casualidad en el área del blogger, y vi aquello de "¿quiere crear su blog?: dele aquí", etc. etc. Yo fui pulsando las teclas, con bastante prevención, por cierto, y hoy me encuentro con que el blog acaba de superar las 7.000 visitas. No me lo esperaba, la verdad. Os daría las gracias, pero como esto es un toma y daca (yo os doy lo que pienso, y vosotros me dais vuestra atención y vuestro tiempo), estamos en paz.
Se me ocurre que la única forma de celebrar la efemérides (la única que tengo a mano para compartir con vosotros), es con un poquito de humor. Pues ya está.

La paloma y el palomo, posados en una rama, observan los esfuerzos de una tortuguita, que trepa por el tronco de un árbol hasta la rama más alta, y desde allí se lanza al vacío, pegándose un tortazo morrocotudo. El animalito repite la operación: sube, llega a la rama y vuelve a saltar. Una y otra vez, la pequeña tortuga insiste en la maniobra sin desfallecer. Al cabo de una buena serie de golpes contra el suelo, la paloma dice al palomo:
- Querido, ¿no crees que tendríamos que decirle a la niña que es adoptada...?



La tortuga y la liebre se van de picnic. Llevan de todo: buen vino, pan blanco, tortilla, filetes empanados, pasteles... y hambre. Llegadas a un pintoresco lugar junto al río, que les parece adecuado, extienden el mantel, sacan las provisiones y se disponen a dar buena cuenta de ellas cuando la liebre exclama:
- ¡Coño!, nos hemos dejado los cubiertos en casa.
- ¡Vaya por Dios! -replica la tortuga-. Voy por ellos; no tardo, pero no te comas la merienda, ¿eh?
- No; descuida. Te espero.
- Pero, ¿me prometes que no te comerás la merienda?
- Te lo prometo -dice la liebre-. Vete tranquila.
La tortuga se pone en marcha, pero antes de desaparecer entre la maleza aún insiste:
- ¿De verdad que no te la vas a comer...?
- ¡Que no, carajo; date prisa!
La liebre se queda sola. Fuma un cigarrillo, y otro, y otro... El tiempo va pasando: media hora; una hora; dos horas; tres horas... Por fin, la liebre no puede soportar el hambre y echa mano a un filete. Está a punto de darle el primer mordisco cuando la tortuga asoma por detrás de unos arbustos, y le dice:
- ¿Ves?; ¡sabía que te la ibas a comer...!



El padre de Jaimito avisa a su retoño:
- Jaimito, hoy vendrá mi jefe a cenar con nosotros: como le hagas objeto de alguna de tus bromas pesadas, te deslomo vivo. Estás advertido.
- Sí, papá.
Llega el jefe, cenan todos en buena armonía, y finalmente, durante la sobremesa, el jefe dice:
- Jaimito, me han dicho que eres un chavalín muy gracioso; anda, hazme alguna de tus bromas.
El padre tiene los ojos fijos en él, con cara de pocos amigos, y Jaimito rechaza la invitación:
- No; no, que a mi padre no le gustan estas cosas...
- Vamos, hombre, que estamos entre amigos. Insisto. Venga; no seas así. No me harás ese feo, ¿verdad?
- Bueno, pero que conste que es porque usted lo quiere...
- Pues claro.
- Levántese.
El jefe lo hace.
- Póngase a cuatro patas.
El jefe lo hace.
- Ladre fuerte.
- ¡Guau; guau; guau...!
Jaimito le pega una patada en la boca y grita:
- ¡No te jode, que me quería morder...!



Una compañía de reclutas paracaidistas va a realizar su primer salto practicando la apertura manual del paracaídas. El sargento da las últimas instrucciones:
- Cuando lleguemos a la zona de lanzamiento, se encenderá la luz verde. Saltáis uno tras otro con un intervalo de tres segundos. Una vez en el aire, contáis hasta ocho y tiráis de la anilla: se abrirá el paracaídas y llegaréis a tierra perfectamente. ¿Comprendido?
Se enciende la luz verde, saltan y el sargento observa aterrado cómo uno de los reclutas cae a toda velocidad con el paracaídas cerrado. El tortazo es impresionante. Llegados a tierra, todos se acercan corriendo hasta el accidentado, empotrado en un agujero de medio metro de profundidad, y le oyen decir:
- ¡Cua..., cua..., cuatro...!



Un caballero, apoyado en la barra de una céntrica cafetería, saborea un whisky con hielo. De pronto, un pequeño mono que juguetea por el local salta sobre el vaso, mete los huevos dentro, y se aleja dando chillidos. El hombre, francamente sorprendido, sin salir aún de su asombro, llama al barman y le pregunta:
- ¿Sabe usted por qué el mono ha metido los huevos en el vaso de whisky?
- Estoy tan extrañado como usted. Es la primera vez que le veo hacer algo semejante. De todas formas, el mono es del pianista; ¿por qué no le pregunta a él?
El caballero se acerca al pianista, encargado de ambientar musicalmente el local, y le dice:
- Perdone, ¿sabe usted por qué el mono metió los huevos en el vaso de whisky?
El pianista le contempla dubitativo, y responde:
- Hombre, así, de repente... Ahora, si me la tararea...



Caperucita Roja se retrasa; se retrasa mucho... La abuela, los cazadores y los campesinos que han llegado de los campos vecinos están muy preocupados. No saben qué hacer. Todos piensan lo peor. A punto de empezar la batida por el bosque, se abre la puerta y respiran tranquilos.
La abuelita es la primera en hablar:
- Por fin, Caperucita; nos tenías muy preocupados.
- Nada de Caperucita, ¿eh?: ¡señora de Feroz...!



Entra el pistolero al saloon y exige:
- ¡Un whisky con pólvora...!
El barman se apresura a servir, y el pistolero se toma la copa de un trago, paga y se va.
Vuelve al día siguiente y pide:
- ¡Un whisky...!
- ¿Lo quiere el señor con pólvora?
- No, que ayer me tiré un pedo y maté al caballo.



Un hombre, bastante bebido, entra en su coche y empieza a dar gritos como loco:
- ¡Socorro, policía, guardias: me han robado...! ¡Ladrones...! ¡Me ha robado...! ¡Auxilio...!
Al poco llega un coche-patrulla, y uno de los agentes se acerca al pobre señor:
- ¿Qué le ocurre, buen hombre? ¿Qué ha pasado?
- Mire usted, señor agente; me han robado todo: el volante, el salpicadero, la palanca de cambios...
- Ande; déjese de tonterías y siéntese en el asiento delantero...



El profesor al alumno:
- ¿Qué es un ángulo recto?
- El que hierve a noventa grados.



Otro profesor a otro alumno:
- ¿Qué río pasa por Zaragoza?
- El Guadalquivir...
- Pues dígame a qué hora pasa, porque eso no me lo pierdo...



- Si mi abuelo mató a tus padres, y tu abuelo mató a mis padres, ¿qué somos nosotros...?
- ¿...?
- Huérfanos.



El león, rey de la selva, recorre tranquilamente su feudo cuando se topa con un extraño animal. Desconcertado, pregunta:
- ¿Qué animal eres tú?
- Una mula.
- ¿Qué es eso?
- Pues mi madre era una yegua, y mi padre un asno.
- ¡Ah!
Su majestad sigue caminando, y se da de bruces con otro raro animal:
- Y tú, ¿qué eres?
- Un perro-lobo.
- ¿Cómo es posible?
- Fácil: mi padre era un perro, y mi madre una loba.
Prosigue el león su andadura, y al poco se detiene frente a un tercer animal, completamente desconocido para él:
- ¿Quién eres tú?
- Soy un oso hormiguero...
El león se queda mirándole socarrón, y replica:
- ¡Anda ya, "chalao"...!

Querido abuelito


El anciano de abundantes y blancos cabellos y rostro atezado por mil soles y arrugado por decenas de años, en el que resaltaba un impresionante y bien cuidado bigote, descendió con lentitud la escalinata que conducía al inmenso jardín de la mansión. Caminaba erguido, mostrando una elasticidad impropia de su avanzada edad, y su aspecto denotaba dignidad y distinción. No era alto, aunque parecía crecer sobre sí mismo a cada paso que daba. Vestía una camisa blanca, arremangada por debajo de los codos, un pantalón veraniego en tono crema y unas cómodas zapatillas deportivas.

Cruzó el jardín con parsimonia, deleitándose con el calor de los rayos matutinos del sol veraniego que refulgía en un cielo completamente azul, y con el canto de las miríadas de avecillas que poblaban los bosques de robles, abetos y araucarias que rodeaban la mansión. El zumbido de las abejas, que sobrevolaban incansables rosas, petunias, alhelíes, azucenas y crisantemos, constituía el contrapunto del concierto matinal que la naturaleza toda ofrecía en honor del universo.

A unas decenas de metros, bajo la sombra protectora de un exquisito y recoleto cenador, dos mujeres y dos niños de corta edad le contemplaban sonrientes mientras le saludaban agitando las manos.

—Buenos días, papá —saludó la mujer de más edad, levantándose para besar cariñosamente en ambas mejillas al anciano—. ¿Has descansado bien?

—Buenos días, queridas. He dormido como un bendito, gracias a Dios.

—Hola, abuelo —dijo la más joven, de unos treinta hermosos años, besando también al recién llegado—. ¿Cómo se encuentra la abuela esta mañana?

—Ya sabes... Sigue con sus achaques, aunque el doctor dice que no existen motivos de preocupación. Son cosas de viejos, qué le vamos a hacer. Yo, en cambio, estoy en plena forma.

—¡Buenos días, bisabuelo! —cantaron al unísono niño y niña, cuatro y tres añitos de alegría e inocencia, aferrando cada uno la correspondiente y curtida mano del anciano.

El hombre se agachó para besar y ser besado, refunfuñando con fingido enfado:

—No me llaméis bisabuelo, que me hacéis envejecer prematuramente. Decidme sólo abuelo, y ya está bien. ¡Condenados muchachos!

Los niños rieron divertidos, diciendo a coro:

—¡Sí, bisabuelo!

Después huyeron, ocupando sus sillas en la mesa donde desayunaban.

—Nos hemos tomado la libertad de empezar sin ti, papá —se disculpó su hija—. No sabíamos si bajarías a desayunar con nosotros.

—Habéis hecho bien, Leonor. Pensaba hacerlo en mi despacho, como siempre, pero esta espléndida mañana me ha animado a salir del agujero.

—Hoy es sábado, abuelo —dijo la joven—. Los sábados no se trabaja.

—¡Ay!, cariño, qué más quisiera yo… Desgraciadamente, los asuntos de Estado no admiten dilaciones ni conocen días festivos. Pásame el café, por favor.

El anciano se sirvió media taza de café completándola con igual cantidad de leche. La mesa estaba perfectamente surtida de mantequilla, mermeladas, tostadas y bollería. La cubertería era de plata finamente repujada, y las servilletas y el mantel de fino lino bordado con esmero en florecillas y pavos reales.

Un criado de casaca blanca y pantalón azul se acercó inmediatamente:

—¿Desean sus excelencias alguna cosa más?

—Nada, José; muchas gracias —replicó el anciano—. Todo está bien.

—A sus órdenes, señor —dijo el sirviente, retirándose a cierta distancia después de hacer una reverencia.

Finalizaron el desayuno en medio de una conversación distendida y trivial, que tuvo como tema principal a los niños y su habilidad para conseguir que mermelada y mantequilla se depositaran en sus caritas en vez de en sus estómagos.

—Ahora, Martita y Jorge, id a jugar por el jardín —indicó a los niños la joven madre y nieta del anciano—. ¡Y no os ensuciéis demasiado!

—Pero queremos jugar con el bisabuelo —protestó el pequeño Jorge.

—¡Eso, eso: teremos juegar con bichabuelo! —remarcó Martita, con su lengua de trapo.

—El bisabuelo tiene que trabajar, niños —sentenció Leonor, la hija del anciano y abuela de los infantes—. Mamá y yo jugaremos con vosotros.

—¡No, no! ¡Queremos jugar con el bisabuelo! —volvió a pedir Jorge.

—Dejadles —terció el anciano—. Ya sabéis cómo son los niños. Está bien: jugaremos, pero sólo un ratito, ¿eh?

Los pequeños acogieron la decisión de su bisabuelo con grititos encantados, y durante una hora estuvieron los tres entretenidos en carreras, columpios y juegos de pelota, bajo la divertida mirada de ambas mujeres, madre e hija.

Finalmente, el hombre se acercó al cenador, cansado pero feliz.

—¿Ves, papá? Te han agotado —dijo Leonor, su hija.

—Todavía me quedan fuerzas. Hace falta algo más que dos niños para acabar conmigo —fanfarroneó en tono de chanza, añadiendo—: Bueno, queridas, nos veremos después. Ahora debo despachar unos asuntos urgentes.

—No tardes, abuelo, que el mundo no se hundirá porque trabajes menos un sábado de verano.

—Tiene razón Beatriz, papá —dijo Leonor—. Te prohibo que desaproveches un día tan precioso. Esperaremos aquí hasta que vuelvas, y luego bajaremos al lago para dar un paseo en barca. Tú, por supuesto, serás nuestro remero.

—Está bien, está bien —aceptó el anciano, a regañadientes—. Procuraré volver en una hora. ¡Las mujeres no pensáis más que en la diversión! Enseguida estaré con vosotras, por la cuenta que me tiene.

Y se alejó en dirección a la enorme y lujosa residencia.

Ya en el interior, uniformados criados respetuosos, estratégicamente situados, abrían y cerraban las puertas a su paso, hasta que llegó a sus habitaciones. En ellas esperaba su ayuda de cámara, con el que apenas cruzó algunas palabras mientras cambiaba su atuendo campestre por el blanco uniforme de general en jefe de todos los ejércitos, rematado por las lustrosas botas de media caña y la gorra-plato con el escudo de la nación y las insignias de su rango. El asistente prendió en su pecho una docena de condecoraciones, colgó de su cinturón el sable con empuñadura de oro y le entregó los guantes blancos, que el anciano sujetó en su mano diestra mientras apoyaba la siniestra sobre la enfundada y brillante espada. Con un simple movimiento de cabeza indicó a su ayudante que estaba preparado, y éste abrió la puerta, precediéndole por los alfombrados pasillos de paredes recubiertas por antiquísimas y valiosas pinturas y techos ornados con magníficas lámparas de bronce y cristal tallado, hasta llegar ante una inmensa puerta de doble hoja en la que hacían guardia dos soldados, que se cuadraron con la mirada perdida en el vacío. El ayuda de cámara empujó con firmeza la hoja derecha y anunció solemnemente:

—¡Su excelencia, el señor presidente!

El anciano uniformado penetró en su despacho mientras la puerta se cerraba a sus espaldas.

Un hombre moreno, de mediana edad, vestido con un elegante frac, esperaba de pie junto a un sillón, ante la amplísima mesa de caoba.

—Buenos días, primer ministro —saludó el anciano presidente.

—Buenos días, excelencia.

—Espero que no me traiga demasiados problemas esta mañana.

—¡Oh!, no, señor. Asuntos de mero trámite, excelencia, pero a los que sería deseable dar curso lo antes posible.

—Vamos a ver.

—Son catorce decretos ministeriales y...

—¡Catorce! ¿Ha dicho usted catorce, Miguel?

—Sí, excelencia; así es.

—No tengo ganas de pasarme el día firmando papeles, Miguel. Dígame usted qué es lo verdaderamente urgente, y el resto se quedará para el lunes.

—Como usted ordene, excelencia. Lo más importante es confirmar la sentencia de muerte del Tribunal de la República sobre los cuarenta y cuatro miembros del Ejército Popular de Liberación que, como vuestra excelencia sabe, fueron juzgados el pasado martes, aunque, si vuestra excelencia me lo permite, le diré que hay fuertes presiones de la opinión pública y de organismos internacionales para que dicha pena sea conmutada por la de cadena perpetua...

—Pero, ¿quién manda aquí? —estalló el anciano presidente, golpeando la mesa con su puño— ¿Desde cuándo el presidente Contreras hace caso a la opinión pública? ¡Yo soy la ley en este país, y aquí se hará lo que yo diga hasta que me muera! ¿Lo ha comprendido usted?

—Por supuesto, excelencia —replicó el otro, apabullado y temblando como un azogado.

—¿Qué han hecho esos desgraciados?

—Asaltaron un supermercado, so pretexto de que los precios de los principales artículos de consumo alcanzaban niveles prohibitivos, y animaron al pueblo a seguir su ejemplo.

—O sea, rebelión y conspiración para derribar al gobierno legítimo. ¿Hubo derramamiento de sangre?

—La policía restableció el orden tras dos horas de enfrentamientos. Tuvieron que hacer uso de las armas, porque la resistencia fue muy fuerte. Siete miembros del E.P.L. resultaron muertos, y dos agentes de policía sufrieron heridas durante el asalto final.

—¡Además, alteración del orden público y agresión a las fuerzas de seguridad! ¡Déme usted las sentencias, Miguel! ¡Se van a enterar éstos de lo que vale un peine! ¡Estaríamos buenos!

El primer ministro extendió los documentos sobre la reluciente mesa y el presidente firmó con pulso firme al pie de cada uno de ellos, empujándolos después hacia el portafolios del alto funcionario. Éste los recogió cuidadosamente y los introdujo en la cartera.

—Muchas gracias, excelencia —dijo, poniéndose en pie—. Si vuestra excelencia no ordena nada más, me retiro hasta el próximo lunes.

—Nada, nada, Miguel. Hala, váyase y descanse, que usted también se lo tiene merecido. Que pase un buen fin de semana.

—Igualmente, excelencia.

El anciano presidente abandonó el despacho bajo la atenta y reverente mirada de su primer ministro.

El anciano presidente estaba satisfecho.

Disponía de todo un hermoso sábado para jugar con sus amadísimos bisnietos.

jueves, 4 de marzo de 2010

¿Por qué el pollo cruzó la carretera?

Acabo de recibir un mail, en el que mi amable corresponsal (una buena amiga de Palma de Mallorca) me ha remitido un humorístico tratado filosófico, con exposición de opiniones desde todos los ángulos posibles, sobre los motivos que pudo tener un pollo para cruzar la carretera. El interesante trabajo, obviamente, lleva por título "¿Por qué el pollo cruzó la carretera?"
Mi amiga añadía un comentario en el sentido de que esperaba que fuera de mi agrado, y me he apresurado a contestarle que, efectivamente, me había hecho mucha gracia e iba a colgarlo en el blog. Entonces me he puesto a la faena, como siempre, de buscar, encontrar y bajar una imagen representativa para decorar el post, marcando la pregunta del título en el buscador, y han aparecido... ¡174.000 entradas!
Lo que son las cosas: todo el mundo barajando hipótesis sobre el comportamiento del pollo, y yo sin enterarme.
Pues, nada, he aquí mi humilde contribución.
Y si la cosa sigue, acabaré dándoos la receta del pollo al txacolí.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La última propuesta de la CEOE, o Ésta sí que es buena

C.E.O.E. son las siglas que definen a la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, conocida popularmente como la Gran Patronal, o sea, los que manejan el cotarro empresarial en España, vamos...
Pues bien, ayer mismo, el director de Relaciones Laborales de la CEOE, don José de la Cavada (con "v"), dio a conocer una propuesta de la patronal enfocada a la reducción drástica del paro laboral entre los trabajadores menores de 30 años, que agrupa (según algunos informes) a unos 4 millones de personas.
La oferta no puede ser más interesante (para la patronal): el "contrato de inserción" tendría una validez de 6 meses, prorrogables hasta un año; finiquitaría sin indemnización por despido; no generaría derecho a percibir prestación por desempleo y el costo laboral para las empresas sería cero. Hay que añadir que los trabajadores sujetos a tal contratación, percibirían una cantidad inferior al SMI (salario mínimo interprofesional), o sea menos de 630 euros al mes.
Esto viene a corroborar lo que siempre he pensado: el trabajador ideal será (todo llegará) el que más dinero pague al empresario por su puesto de trabajo.
La CEOE (a río revuelto, ganancia de pescadores), atenta como siempre a las grandes oportunidades de generar riqueza para sus miembros, y tan alejada de las posturas solidarias como los gatos del agua, ha visto la posibilidad de incorporar a sus empresas abundante mano de obra casi gratuita, y no ha dudado ni un segundo.
La cuestión es, señores empresarios, que no se trata de que la gente trabaje. De hecho, una gran parte de los trabajadores preferiría dedicarse a "sus labores" si alguien ingresara mensualmente en su cuenta el dinero suficiente. El Sistema nos obliga a cambiar nuestro esfuerzo personal diario (trabajo), por una cantidad de dinero que permita cubrir todas nuestras necesidades económicas sin apuros. ¿De qué sirve trabajar, si no se gana lo suficiente para vivir dignamente? Los esclavos trabajaban para el amo, pero al menos tenían asegurados techo y sustento. Nosotros tenemos que pagarlos.
Esta "generosa" oferta para reducir el paro juvenil es una falacia.
El día en que la patronal sea capaz de hacer una propuesta realmente solidaria y generosa, algo habrá cambiado en nuestra sociedad.
Pero yo no lo veré, desde luego.

martes, 2 de marzo de 2010

Cosas de los periodistas

Parece ser que en Moscú cayó, hace una semana, una de las mayores nevadas de los últimos años, y las autoridades tuvieron que utilizar todos los medios a su alcance (de los que, por lo visto, están bien dotados) para limpiar la ciudad, desplazando más de 400.000 metros cúbicos de nieve.
Hace unos minutos escuchaba yo Radio Nacional de España, y me he quedado muy sorprendido cuando uno de los comentaristas ha dicho algo parecido a esto: "Qué pena, ¿verdad? Podían transportar toda esa nieve a países que verdaderamente tienen necesidad de agua. ¿No se le habrá ocurrido a nadie la idea?" ¡Hombre!, a más de uno; estoy bien seguro. El problema radica en que los países que necesitan agua, no pueden pagarla: si no hay dinero, no hay agua. ¡El negocio es el negocio, tíos!
Como guinda del pastel, a continuación, en la página deportiva, uno de los realizadores del programa, que hablaba sobre el posible traspaso de no sé qué jugador a no sé qué equipo (ni me importa), ha soltado la siguiente sentencia lapidaria: "Cuando el río suena, es que alguien llama a la puerta"
Sin comentarios.

Vitoria, 3 de Marzo de 1976: mis recuerdos

Mañana se cumple el trigésimo cuarto aniversario de la muerte de cinco trabajadores en Vitoria, por disparos de la Policía Armada (los "grises" les llamaba la gente), que obligó a los participantes en una asamblea obrera, que se celebraba dentro de la iglesia de San Francisco, en el barrio vitoriano de Zaramaga, a desalojar el templo mediante el lanzamiento de botes de humo. Cuando los reunidos (se habla de más de 5.000 personas) salieron al exterior, fueron recibidos a porrazos y tiros, con un balance de 5 muertos (4 al momento y 1 algunos días después) y decenas de heridos. Todavía hoy se piden responsabilidades, sin que ninguno de los Gobiernos que han pasado por la Moncloa haya tomado cartas en el asunto.
Ensayo de revolución urbana, según unos, y masacre indiscriminada, según otros, lo cierto es que aquellos sucesos marcaron el carácter de toda una generación de vitorianos.
No es mi intención meterme en consideraciones políticas a estas alturas. Sólo quiero haceros partícipes de mis recuerdos de aquel triste día y del siguiente, en el que se celebró el entierro de algunas de las víctimas.
Conocí personalmente a Pedro Mari Martínez Ocio, porque trabajábamos en la misma empresa. Era un chaval alto y delgado, afable en el trato y de los que le echan huevos a la cosa; jugaba en el equipo de fútbol de la fábrica, Forjas Alavesas. Aunque no tuve mucho contacto con él, seguía de cerca sus actividades deportivas a través de su hermano Andoni, con el que sí tuve (y sigo teniendo) buena amistad.
Llevábamos casi dos meses de huelga en varias empresas importantes del cinturón industrial (Forjas Alavesas, Michelín y Mevosa, entre otras), y aquel día se había convocado huelga general, con una asamblea vespertina en la iglesia de San Francisco. Un amigo y yo escuchábamos las comunicaciones por radio entre los coches de la policía, y captamos perfectamente la orden de desalojar a los trabajadores como fuera. Intentamos telefonear a las oficinas parroquiales, pero la línea estaba ocupada (o cortada, no lo sé) Lo demás es mundialmente conocido: la policía lanzó gases lacrimógenos al interior de la iglesia, los trabajadores salieron en desbandada, y fueron apaleados y ametrallados a mansalva. Todavía no consigo explicarme cómo fue posible que sólo murieran 5 personas... A partir de ese momento la ciudad se convirtió en una jungla, para transformarse en un cementerio a la caída de la tarde. Serían las 9 de la noche cuando mi amigo y yo, movidos por la curiosidad, decidimos darnos una vuelta por el centro urbano. Queríamos comprobar si lo que contaban las emisoras de radio era cierto. ¡Vaya si lo era...! Vitoria parecía haber sido bombardeada. En el Portal del Rey nos detuvo una patrulla de la Guardia Civil. Nos sacaron del coche, nos metieron la metralleta en la espalda, registraron el vehículo y, después de comprobar nuestras documentaciones, nos dejaron seguir.
El entierro fue al día siguiente. La catedral nueva de María Inmaculada no podía dar cabida a cuantos asistieron, y la masa humana siguió el oficio religioso abarrotando todas las calles adyacentes. Más de cien mil personas acompañaron luego los féretros por las calles de la ciudad, en silencio sólo roto por aplausos esporádicos. Los policías flanqueaban el recorrido, y vi cómo algunos les escupían en la visera protectora sin que movieran un músculo. A la altura de las Escuelas Profesionales de Jesús Obrero, en la calle Francia, dos vejetes se abrazaban llorando, y uno decía: "¡Esto es lo más grande que hemos visto desde la proclamación de la República!" Algunos helicópteros policiales sobrevolaban la ingente manifestación de duelo, sólo para recibir las maldiciones de cuantos caminábamos hacia el cementerio de Santa Isabel.
Dicen que Pedro Mari Ocio estaba en casa de su novia (creo), frente a la iglesia, y cuando vio lo que sucedía agarró una estaca y se lanzó a la calle sin pensarlo. Varios disparos le destrozaron el hígado y la vida.
Descansen en paz Romualdo, Bienvenido, Francisco, José y Pedro Mari; que jamás la tengan quienes fueron responsables de su muerte, y que Vitoria no vuelva a vivir una experiencia tan demoledoramente atroz como aquélla.