En este blog se permite fumar, aunque recomiendo no hacerlo en agradecimiento a una excelente homeópata a la que debo mucho. Se prohibirá terminantemente el día en que desaparezcan las armas atómicas, las centrales nucleares y sus residuos, la contaminación, la desertización y la pederastia. ¡Ah!, se me olvidaba, también se pueden dejar comentarios.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Presos, presidiarios y prisioneros (comentario jocoso-satírico)


PRESOS, PRESIDIARIOS Y PRISIONEROS

No tengo yo por seguro que los conceptos preso, presidiario y prisionero sean sinónimos, a pesar de que así lo admite y fija el diccionario que habitualmente vengo utilizando en mis consultas, que son extensas y abundantes, dada mi singular y notable incultura, excusable, por otra parte, teniendo en cuenta que mi formación académica finalizó hace cuarenta y cinco años, y que pisé la Universidad por primera vez cuando ya pasaba de los cuarenta, y no para recibir inyecciones de enriquecedora docencia, sino para apoyar a mis hijas durante los trámites administrativos relativos a ingresos, matriculaciones y zarandajas por el estilo. Ahora bien: con más de sesenta primaveras, veranos, otoños e inviernos a mis espaldas, alguna que otra asignatura podrían convalidarme en caso de ingresar en uno de estos prestigiosos centros, digo yo, porque aprender, lo que se dice aprender, he aprendido más que un ratón colorado.
Pero volvamos a la cuestión de principio.
"A mon avis", que diría un francés —cómo odio estos barbarismos constantemente empleados hoy en día. Por favor, no lo tengan en cuenta, y ya que se me ha escapado tradúzcanlo por los sufridos "a mi modo de ver" o "desde mi punto de vista". Prometo no volver a caer en la tentación, y apartarme de todas las ocasiones de ofender al lenguaje propio, amén, pero lo escrito, escrito queda, y me sirve para ver la viga en el mío—, un preso es alguien sometido a retención contra su voluntad temporalmente, por lo general, y en un recinto provisional; un presidiario, el retenido en un establecimiento penal, con la exclusiva finalidad de que permanezca privado de libertad y de derechos civiles durante el período de tiempo que haya fijado la ley —justa o injustamente—, y el prisionero, por último, sería el soldado capturado por fuerzas enemigas en el transcurso de operaciones militares.
Dicho esto, que no considero objeto de discusión dada su menor trascendencia, pero que me ha servido para romper el hielo superficial y poder sumergirme en las profundidades de mi reflexión, paso directamente a la mencionada inmersión.
Desde el balcón de mi apartamento domino gran parte de la zona oeste de la ciudad. Al otro lado de una amplia avenida —mi asistencia sanitaria queda asegurada, aunque no mi vida eterna en este plano físico—, a pocas decenas de metros de distancia, el hospital, inmenso bloque con forma de estrella, adonde la mayoría de las veces nos conduce, abordando una veloz y ululante ambulancia, nuestra particular mala estrella.
Esta mañana de noviembre, lluviosa y fría, con la nieve cubriendo en la lejanía las cumbres de la sierra de Badaya, fumaba tranquilamente un cigarrillo cuando he observado la llegada de un vehículo de la Policía Autónoma hasta la puerta principal del centro sanitario.
Es un espectáculo —por llamarlo de alguna manera— cotidiano.
Aquellos reclusos del penal de Nanclares de la Oca que necesitan revisión o tratamiento médico, son conducidos a consulta por las correspondientes dotaciones policiales. Antes se ocupaba de este menester la Guardia Civil pero, después de la cesión de competencias del Gobierno central al autonómico, el vigilante cometido ha pasado a la Ertzaintza.
Del furgón policial han descendido no menos de media docena de robustos y bien pertrechados jóvenes agentes, custodiando a ¿uno o dos? presumibles y enfermos delincuentes, convenientemente esposados, supongo. Yo, personalmente, si por esas extrañas circunstancias de la vida que conducen al delito y a la cárcel me hubiese encontrado en el grupo vigilado, ni por asomo habría pensado en la fuga. Sentir en la nuca el aliento feroz de un aguerrido y nutrido pelotón de agentes de metro ochenta y cinco, como mínimo, no sería algo que pudiera producirme especial placer, de verdad. No obstante, reconozco que el sistema obliga a emplear determinados medios, puesto que nosotros mismos nos obligamos, en la noche de los tiempos, a utilizar el sistema, y así nos va como nos va. Teniendo en cuenta que hay presidiarios enfermos, y sin cuestionar en estos momentos las causas motivadoras del delito, bien está que se les atienda convenientemente para que puedan cumplir su condena con buena salud de cuerpo, ya que no de alma.
Y es lícito el despliegue de vigilantes, porque los presidiarios no piensan como yo, y a la menor oportunidad ponen pies en polvorosa. De hecho, días atrás, dos reclusos emprendieron la fuga desde las plantas más elevadas del hospital, utilizando el procedimiento ancestral de deslizarse hasta los pisos inferiores, en los que la presencia policial era inexistente, por medio de las consabidas sábanas anudadas. Pienso que, como para el prisionero en tiempos de guerra, la obligación de un presidiario es intentar la fuga, salvo que, por razones particulares, se encuentre cómodo y realizado donde está. Sé que muchos de ustedes no concordarán con esta aseveración, pero debo arriesgarme. Únicamente les pido un poco de benevolente comprensión y cinco minutos de meditación sobre el siguiente tema: "¿Existe el delito en la Naturaleza? Orígenes y causas del delito. Sociedad, sistema y delito." Oración, despedida y cierre.
Una vez, delinquí.
Bueno, en realidad no estoy muy seguro de si cometí un delito o una falta, pero sí puedo decir, todavía con el corazón encogido que, cuando el largo brazo de la ley me agarró por el cuello, me sentí como el hombre de Alcatraz, aquél que criaba pajaritos en su celda, magistralmente representado para el cine por Burt Lancaster.
Volvía de una excursión a Andorra, con el típico contrabando y mi familia a bordo del modesto "Lada" que entonces poseía, cuando fui interceptado por el control de aduanas en una revisión aleatoria y rutinaria, pero que me acertó de lleno. El agente —sargento de la Benemérita— introdujo sus hábiles y avezadas manos por todos los rincones del maletero, despreciando las botellas de whisky, las porcelanas y los artículos alimenticios, a la caza y captura del preciado y sofisticado equipo electrónico. Previamente habíamos mantenido el siguiente y escueto diálogo:
—¿Algo que declarar?
Sinceramente, en aquellos tiempos yo no tenía idea de lo que significaba esa pregunta, por lo que respondí tal como lo había visto y oído en las películas:
—Nada.
Aproximadamente un minuto después, el policía me ponía debajo de las narices la caja de cartón, sin camuflaje alguno, que contenía un equipo radioemisor para la banda de once metros —CB o "banda ciudadana"—, que acababa de adquirir por once mil pesetas en un andorrano comercio especializado.
—¿No me acaba de decir que no tenía nada que declarar? —me preguntó el sargento, con mucha severidad. Yo, sorprendido en mi primer y flagrante delito con las manos de él en la masa, sin comprender cómo era posible que la tierra no me hubiese tragado aún, contesté, haciendo de tripas corazón:
—Su obligación es preguntar si llevo algo, y la mía, negar.
No comprendió mi sólida argumentación.
Me condujo a las oficinas anejas donde, después de cumplimentar el obligado cuestionario, satisfice por varios y olvidados conceptos la suma de diez mil pesetas, con lo que el equipo transmisor-receptor me salió al mismo precio que comprado en mi ciudad. Y, encima, ¡nunca funcionó correctamente!
Aunque en esta desgraciada situación fui reo, también he sido centinela y vigilante de reclusos, no vayan a creer.
Una mañana de mayo no cogí mi caballo y me fui a pasear, ni tuve que cruzar la ría de Villagarcía que es puerto de mar; no… Una mañana de mayo me incorporé al servicio de las armas, al servicio de la nación, como recluta pelón y despistado vulgarmente denominado "conejo" en aquellos tiempos —ya que, posteriormente, según informaciones recibidas de fuentes generalmente bien informadas, los reclutas recibían el cariñoso apelativo de "pollos"— y, después de engullir una considerable ración de garbanzos, acompañada por otra de carne con patatas, en los comedores de la Zona de Reclutamiento, fui amablemente conducido en un cómodo y repleto autobús de congéneres al Campamento de Araca C.I.R. 11, donde me fue proporcionada toda la instrucción necesaria para convertirme en un soldado. Aprendí a lanzar granada —y digo "granada", porque sólo me dieron una—, a distinguir entre armas de tiro tenso y curvo, a diferenciar un obús de un mortero y un lanzagranadas de una cañería, a correr seis kilómetros todas las mañanas, a disparar un mosquetón "Máuser" y un fusil de asalto "CETME", a cruzar bajo el fuego de una barrera de artillería —gracias a Dios, la caída de los invisibles proyectiles era sustituida por un toque de silbato a cargo del oficial de turno—, a preparar enormes montañas de filetes imperiales —en mi casa los llamábamos rusos, y actualmente los comercializan como un manjar incomparable denominándolos "hamburguesas", ¡manda huevos!, don Federico—, y a arrastrarme entre maleza y tierra, fusil en mano, para sorprender al enemigo que había ocupado la correspondiente y casi inexpugnable cota. Fue, precisamente, en una de estas brillantes acciones, cuando un cristal, inadvertidamente oculto entre el polvo, me produjo un profundo corte en la muñeca derecha. Me puse en pie, soltando un par de juramentos, y el sargento Manjón —un buen muchacho al que, por cierto, no volví a ver hasta el día en que juramos bandera, y estaba muy atareado filmando toda la ceremonia con un tomavistas de "super-8"— me comunicó inmediatamente que aquella noche estaba arrestado con la tercera imaginaria.
—Pero, mi sargento, ¡si es que me acabo de pegar un corte de la leche con un puto cristal…!
—Nada, nada; si el enemigo hubiera ocupado la colina, ahora estarías muerto.
Y como estaba vivo me chupé la tercera, que, como la mayoría de ustedes sabe, es la más jo...fastidiada, porque te parte la noche por la mitad. Además, había un par de amigos bilbaínos que eran la rechifla, pero que volvían locos a los reclutas de servicio durante casi toda la noche, con diálogos parecidos a esto:
—¡Imaginadia..., una padoma...!
—¿Anóne...?
—¡An e semáfodo...!
—¿A cuá semáfodo...?
—¡An e semáfodo dojo...!
Y carcajada general.
Y a las seis de la mañana, arriba.
En el mes de agosto, me incorporé al Grupo Ligero de Caballería VI, que formaba parte de la Brigada D.O.T. VI.
Aquí fue donde tomé contacto con los puestos de guardia y con los prisioneros, aunque se me presenta un dilema, pues no estoy seguro de si eran prisioneros —sí que estaban detenidos por fuerzas militares, pero eran de los nuestros— o presidiarios —el cuartel no era un presidio, sólo el calabozo de Plaza, y temporalmente—. Bueno, en adelante, y hasta terminar este comentario, los denominaré reclusos.
Recuerdo, con especial cariño —en el fondo, soy un sentimental—, tres momentos estelares de mis servicios de guardia.
El primer día, recién llegado a mi nuevo destino, entré como centinela en el puesto de la puerta principal, en una calle en la que todos los edificios eran cuarteles. Imaginen el trasiego de militares a las nueve de la mañana...
Me habían dicho que debía anunciar a voz en cuello la llegada de oficiales superiores, así que cuando vi aproximarse a un comandante, bajito y de aspecto afable, no me fijé en su estrella blanca —era comandante médico—, ni en su trayectoria, sino que grité estentóreamente:
—¡Cabo de guardia: el comandante…!
El cabo salió como una bala, pero el buen señor siguió su camino hacia los edificios colindantes después de darme una palmadita en el hombro, y decirme:
—Tranquilo, chaval; tranquilo, que yo no vivo aquí...
Una noche estaba de guardia, a eso de las tres de la madrugada, en un puesto de vigilancia situado en el interior del cuartel, justamente en la puerta del garaje donde se estacionaban los camiones de todas las unidades, cuando observé, a lo lejos, al teniente de guardia que venía aproximándose en un estado, digamos, de conciencia alterada. Le conocía, evidentemente, y era un joven oficial recién salido de la Academia militar, serio pero bastante amable, de ésos que cumplen con su obligación sin atosigar a sus subordinados. Particularmente, no me caía nada mal. Pero el hombre, bien por combatir el frío de la noche, bien por celebrar algún acontecimiento, había trasegado un poco más licor del conveniente y, a pesar de que pretendía mantener intactas y erguidas su dignidad y su alargada figura, en lo referente a la segunda no lo conseguía, ya que los pies tendían a seguir una trayectoria ligeramente distinta a la del cuerpo. Tuve que darle el alto, como mandan las ordenanzas:
—¡Alto! ¡¿Quién vive?!
—¡Soy yo, el oficial de guardia!
—¡A la orden de usted, mi teniente! ¡Sin novedad en el puesto!
—Bien, bien, muchacho; muchas gracias. Manténte alerta, que el enemigo no descansa.
Me dio las buenas noches, y se alejó, no sin cierta dificultad, para seguir revisando el resto de los puestos, de acuerdo con su responsabilidad. Le vi desaparecer entre las sombras, y me quedé sonriendo mientras pensaba que la noche era igual de larga y aburrida para todos, y que, a Dios gracias, no nos había tocado hacer guardia en el Sahara o en la jungla de Borneo.
Otra fría y oscura madrugada de febrero me correspondió entrar de centinela junto al polvorín. Había comenzado a nevar suavemente a medianoche, y a las dos caían unos copos como boinas. El frío era polar. A pesar de las circunstancias, recuerdo con agrado aquellos momentos, porque en la soledad el hombre siempre encuentra pedazos de sí mismo que creía perdidos, o cuya existencia ni siquiera sospechaba. El silencio era tan absoluto que creía percibir el crujido de los copos helados al golpear entre ellos y contra el suelo, y el frío tan intenso que el interior de la exigua garita me parecía el más confortable hogar. Y en aquella silente soledad, me sorprendí pensando en lo agradable que sería tener entre mis brazos a cierta muchacha, con la que apenas había cruzado media docena de palabras y a la que jamás había considerado como objetivo amoroso de especial interés. Veía su imagen recortada contra el blanco telón de la nieve, y me pareció la más hermosa y deseable de las mujeres. ¡La mente se aprovecha de nuestros descuidos para jugarnos todas las malas pasadas que puede...! Menos mal que poco después me relevaron y, luego de entonarme con un buen trago de café caliente mezclado con un abundante chorro de brandy, dormí abrigada y confortablemente, como un bendito, olvidando aquellas malas ideas que podían haberme llevado a la perdición matrimonial, lo que, de cualquier forma, no conseguí evitar años más tarde. Pero ésa es otra historia...
Además de actuar como centinela, también hube de hacerlo como vigilante de reclusos, tal como anteriormente he dejado medio dicho.
Juanjo había sido mi condiscípulo durante la mayor parte del Bachillerato, en el colegio que los Clérigos de San Viator regentaban en la calle de la Paz —más o menos en el lugar ocupado hoy por un gran centro comercial—, frente al cuartel del Regimiento de Artillería de Campaña nº.25 —que hoy se ha convertido en otro enorme centro comercial—, creo recordar.
Volvimos a coincidir en el ejército, pero por chiripa.
Cuando su unidad estaba formada en el patio del acuartelamiento, el día definitivo de la despedida del soldado, es decir, de la licencia absoluta, en el momento de máximo silencio, el amigo Juanjo —que, por cierto, estaba haciendo el canelo—, tuvo la malhadada fortuna de que se le fuera de la mano, y contra el duro suelo de cemento, el reglamentario fusil de asalto "Cetme", que originó un estruendo escuchado hasta en las faldas del Chimborazo. En lugar de salir por la puerta principal, vestido de paisano, pasó junto a la misma embutido en el traje de faena de soldado, para ocupar durante un mes un agradable calabozo en los sótanos constituidos a tal efecto. No sé si fue porque la familia de Juanjo tenía una ferretería —ya saben aquello de que "los que sepan música que den un paso al frente, ¿vale?; pues, ¡hala!, id a cargar el piano del general"—, pero el caso es que todas las mañanas, debidamente escoltado, se encargaba de reparar las telas metálicas que rodeaban y protegían los arbolitos del patio. Me tocó en suerte vigilarle uno de los días, y puedo jurar que jamás he visto a un hombre desarrollar su labor con tanto detalle y parsimonia. Bien es verdad que en su forzada prórroga apenas llegó a reparar una de las alambradas, pero le quedó de maravilla, todo hay que decirlo.
Hablando de prórrogas en el servicio militar, supe de otra —la cito por su evidente interés humano— poco después de finalizar mi compromiso con la patria. De ésta fue protagonista, según mis informaciones, un joven emprendedor y osado de nombre Angelito, poseedor de un acendrado sentido del humor que, desgraciadamente, no pudo ser compartido por el oficial de guardia aunque, con toda seguridad, éste se riera lo suyo.
El documento donde constaban los servicios prestados, así como la licencia provisional —que cumplida la edad reglamentaria pasaba a definitiva—, era la Cartilla Militar, a la que nosotros llamábamos "la Verde", puesto que tal era el color de sus tapas.
Pues bien, el mozo, en cuestión, no tuvo mejor idea que cruzar el puesto de guardia arrastrando "la Verde" al extremo de un cordel, mientras decía:
—¡Hasta hoy te había seguido yo, pero hoy me vas a seguir tú!
Por supuesto, el Ejército le pagó un mes de vacaciones en el correspondiente calabozo.
Los sábados por la mañana bañábamos a los reclusos. Bueno, se bañaban solos, entiéndanme, pero eran escoltados por miembros de la guardia debidamente armados, desde los calabozos hasta las duchas, y viceversa. Creo que el grupo estaba compuesto por cuatro testigos de Jehová, que se negaban al servicio de armas —¡eran unos benditos, los pobres!—, dos o tres "comunes" —o sea, que estaban bajo arresto temporal por faltas cometidas durante el servicio— y uno, especialmente chocante, del que me ocuparé a continuación con más detalle, porque el individuo lo merece en verdad. Cuando les veía desfilar por el patio, sin prisa, con las toallas colgadas del hombro y esa forzada palidez que proporciona una larga permanencia a la sombra, escoltados por cuatro soldados armados, siempre me venían a la mente imágenes de "El puente sobre el río Kwai", no sé por qué.
He mencionado a un recluso en particular, y debo reconocer que, aunque ignoro los delitos que cometió y la condena que debía cumplir —creo que era bastante larga—, el individuo entrañaba cierto riesgo. Desconozco su nombre —es posible que ahora, después de los años, sea un ciudadano modelo, ¿por qué no?—, pero entonces todos le conocíamos como "el Mamón".
Se había cortado las venas un montón de veces, suponíamos que con la intención de encontrar más facilidades para la fuga durante su traslado al hospital, o desde el interior del centro sanitario.
Los calabozos estaban ubicados en una planta sótano cuyas ventanas se apoyaban prácticamente sobre la acera en la que hacíamos los turnos de vigilancia, de forma que sólo se podía contemplar a sus ocupantes si te agachabas, excepto en el caso del "Mamón".
"El Mamón" perseguía a los centinelas desde el interior de los calabozos, de un extremo a otro, asomándose a todas las ventanillas sin dejar de gritar:
—¡Chaval, me cago en D., tráeme una botella de coñac o te mato…!
—Ya sabes que eso es imposible, así que cállate.
—¡Me cago en D.! ¡Me cago en la V.! ¡Dame una botella de coñac, o te juro que en cuanto me escape te mato!
El centinela cambiaba de posición, pero el otro no cejaba y volvía a aparecer, agarrado a los barrotes, repitiendo sin cesar la misma cantinela.
Cada turno de vigilancia duraba dos horas, pero... ¡qué dos horas! Se hacían, verdaderamente, eternas.
Un mediodía tuvimos que llevar la comida a los reclusos, ya que no utilizaban el comedor sino un pequeño recinto habilitado junto a las celdas. Allí nos fuimos cuatro de la guardia con el sargento a la cabeza. Dos llevaban las bandejas metálicas que contenían los alimentos —una de ellas, garbanzos—, y los otros dos íbamos de escolta. Nada más depositar las fuentes sobre la mesa, "el Mamón" dio un salto, las agarró y volteó, esparciendo el contenido por la madera y por el suelo, y empezó a dar gritos insultando al sargento y denostando las habilidades culinarias de los encargados de la cocina. ¡Madre, la que se armó! Como ahora se dice, se vivieron momentos de extrema tensión. Yo no sé si los pobres reclusos comieron aquel día; lo que sé es que, con gran presencia de ánimo, reculamos escaleras arriba, cerramos la puerta y, ya al aire libre, respiramos aliviados. Todavía hoy en día pienso —creo que nunca cambiaré— que no vale la pena liarse a tiros por nada, pero mucho menos por una bandeja de garbanzos.
Y hablando de reclusos, no puedo dejar de mencionar al "Torero", inquilino contumaz del calabozo, del que se fugaba periódicamente utilizando los sistemas más inverosímiles.
El "Torero", como indica su apodo, fue bautizado como cada hijo de vecino con su nombre correspondiente, pero dicho nombre debió quedar disuelto en las mismísimas aguas sacramentales, puesto que nadie se lo conocía.
Este muchacho, notable aficionado y practicante del arte de Cúchares, abandonó el cuartel de Artillería donde prestaba sus servicios —sin encomendarse ni a Dios, ni al Diablo, ni al ilustrísimo señor coronel jefe de la unidad— y se abrió voluntariosamente hacia las soleadas dehesas del campo charro, donde hizo alarde de valentía y pundonor en cuantas tientas y capeas se le pusieron a tiro —nunca mejor dicho, pues para algo era artillero—, hasta que fue detenido por la Guardia Civil y remitido, a portes pagados, directamente al calabozo de Plaza. A partir de este momento, comienza la verdadera historia del "Torero" —que corría de boca en boca, entre carcajadas y botellas de vino peleón, por las cantinas de los cuarteles—, con un continuo ir y venir desde el calabozo a las fincas de reses bravas de Salamanca, Extremadura y Andalucía, y viceversa. Pero lo verdaderamente curioso y ejemplar era que el "Torero" apreciaba a su coronel y, de vez en cuando, le remitía tarjetas postales informándole de sus logros y éxitos taurinos, y rogándole que no se preocupase por él, ya que se encontraba en plenas facultades y pensaba volver pronto. La Guardia Civil le localizaba por el matasellos de la tarjeta, ¡y al calabozo se ha dicho! Cuando me incorporé al ejército, el "Torero" ya vivía en los calabozos, y al licenciarme seguía siendo el huésped indiscutible. Ignoro qué habrá sido de él, pero era un tío legal y un "salao".
También tengo dos buenos amigos —al menos lo fueron, aunque hace muchísimo tiempo que no les veo— que conocieron el ambiente del presidio, ambos por motivos políticos pero con inculpaciones de diferente gravedad. Si los cito es porque, de alguna manera, hay una chispa de gracia en cada una de esas vivencias.
Jesús era un tipo fortachón, de mediana estatura, campechano, y aficionado a la montaña, a la fotografía y a los ambientes que en aquellos tiempos se denominaban separatistas. Desconozco si los movimientos radicales vascos se gestaron en las montañas, pero puedo atestiguar que en los años sesenta las cumbres eran los únicos lugares donde podíamos hablar con libertad, y desplegar al viento nuestras "ikurriñas", nuestros cánticos y nuestros dieciséis años. Yo jamás había visto una bandera vasca, y ni siquiera sabía cuáles eran sus colores, hasta que asistí a un festival folclórico en las cuevas de Mairuelegorreta, en el macizo del Gorbea. Allí, entre música autóctona y danzas tribales —el amigo Rueda, interpretando la "Danza del Oso”, resbaló sobre la pátina que recubría las rocas de la gruta y estuvo a punto de desnucarse—, varios montañeros desplegaron las más enorme "ikurriña" que he visto en mi vida. El festival no era clandestino, y todo el mundo estaba seguro de que asistían al mismo las correspondientes fuerzas policiales, debidamente desuniformadas. Los más maliciosos decían —todos los montañeros utilizaban botas adecuadas a tal actividad— que los policías eran los que llevaban zapatos, así que los presentes diversificaban su atención entre las actuaciones que se sucedían en el improvisado y rocoso escenario, y los pies de aquéllos que se encontraban cerca.
Manteniendo los ideales de democracia y libertad que enarboláramos en nuestra juventud, algunos optamos por la tolerancia y la moderación, mientras que otros siguieron el camino —acertado o no, la Historia lo dirá— del compromiso más o menos radical y hasta violento a ultranza.
Jesús era radical, pero menos.
Cuando le echaron el guante, también le echaron tres años de cárcel.
Recibí la noticia con estupor, todavía lo recuerdo. Aunque era algo mayor que yo, nos conocíamos de toda la vida. Vecinos de escalera, habíamos jugado juntos e intercambiado ejemplares de "Roberto Alcázar", "El Jabato" y "Hazañas Bélicas" sentados en el rellano, y yo jamás sospeché que Jesús perteneciera a ninguna organización política.
Se me hizo muy extraño no verle durante tres años.
Un buen día, mientras paseaba a mi perro, le vi venir, con sus andares característicos y su voluminosa humanidad, bastante más voluminosa que cuando marchó.
—¡Qué bien te han cuidado en el "hotel", Jesús"! ¡No has perdido ni un kilo!
—¡Qué dices, perder...! ¡He engordado...! A fuerza de patatas, macho. Todos los días patatas, como a los cerdos. ¡No creo que vuelva a comer más patatas en mi vida…!
Han pasado los años y, aunque alguna vez volví a verle de lejos, ignoro por completo sus actuales actividades políticas. Pero me consta que es un excelente fotógrafo.
La fotografía, precisamente, perdió a mi amigo Ceballos que, por culpa de una instantánea, dio con sus huesos en el penal de Nanclares de la Oca, donde disfrutó de una "suite" compartida con varios miembros de la aristocracia carcelaria, de los que extrajo profundos y notables conocimientos.
El amigo "Canastito" —así le llamábamos cariñosamente, a causa de su inveterada afición al baloncesto— participó, a lo visto, en alguna de las múltiples manifestaciones no autorizadas que se convocaban a la sazón, y tuvo la desgracia de encontrarse en el sitio menos adecuado y en el momento más inoportuno, sin saber —tampoco nosotros, por aquel entonces— que la Policía fotografiaba a los manifestantes y, además, identificaba a todos los que podía. Pero bien pronto se enteró, porque estaba llegando al portal de su casa —como quien dice, recién disuelta la manifestación— cuando varios agentes camuflados descendieron de un automóvil camuflado y le rogaron, muy camufladamente, que tuviera la bondad de acompañarles sin ofrecer resistencia o, en caso contrario, que se atuviera a las muy desagradables y camufladas consecuencias.
El amigo "Canastito" había sido identificado a partir de una fotografía tomada por la Policía y, evidentemente, se le consideraba como un notable enemigo del Régimen y de la estabilidad política.
Yo comprendo que cuando un policía recibe la orden de detener a un desconocido, no sabe si va a encontrarse frente a frente con Jack el Destripador o con la hermana San Sulpicio, pero Ceballos tenía más de la segunda que del primero.
Le dieron un susto de muerte, al pobre.
Naturalmente, los policías ignoraban la idiosincrasia del arrestado, una persona especialmente sensible e impresionable, que no es que no hubiera roto un plato en su vida, ¡es que ni tan siquiera había llegado a rajarlo!
La siguiente anécdota ilustra muy gráficamente lo que se refiere a la impresionabilidad de nuestro amigo:
Durante un partido de baloncesto, colisionó violentamente contra otro jugador, sufriendo la fractura del brazo derecho, por lo que sus compañeros le trasladaron con toda rapidez a la sección de "Urgencias" del hospital más cercano donde, tras cumplimentar los trámites de admisión, le invitaron a tomar asiento en una confortable silla de ruedas que, hábilmente conducida por un joven y fornido enfermero, le condujo hacia la puerta cerrada de una sala, que ostentaba sobre el dintel un letrero con la indicación "Quirófano". Apercibido el amigo "Canastito" de que su destino era el interior del servicio así anunciado, intentó poner pies en polvorosa, entablando un auténtico combate físico y verbal con el enfermero, que a duras penas consiguió, por fin, reducirle. Sus temores eran, a todas luces, infundados, ya que no pretendían amputarle el brazo, sino escayolarlo.
Debidamente fijo el soporte interior óseo con la dura capa exterior de yeso, el doctor le indicó que debería volver pasados treinta días para liberar el brazo y comprobar su recuperación, lo que así hizo nuestro amigo, cumplido el mes.
Cuando el facultativo eliminó la pesada coraza que inmovilizaba al miembro, éste, aligerado, ascendió automática e involuntariamente, ante la atónita y horrorizada mirada de nuestro héroe, que vio cómo su brazo tumefacto y ennegrecido se desplazaba hacia otros ámbitos, sin tener en cuenta la voluntad de su propietario.
Ceballos no pudo resistir la impresión, y se desmayó sin decir ni pío.
Tuvo que ser conducido inmediatamente a “Reanimación” en brazos de las asistencias.
Imagínense a este hombre rodeado de facinerosos en la oscura y siniestra profundidad de una celda carcelaria, durante cuatro semanas.
¡Pues aprendió lo indecible!
Esa sí que fue una "experiencia inolvidable".
Para empezar, debió de encontrarse con personas normales, hechas de carne, huesos, sangre y sentimientos, que comprendieron su situación desde el primer momento y lo compartieron todo con él, incluidos esos mismos sentimientos.
Y aprendió una copla, parte de cuya letra venía a decir algo así como: "Pobrecito de aquel hombre que está cumpliendo condena, sin saber ni tan siquiera si la va a poder cumplir entera; na, ná, nanaina. na, ná, nanai; pobrecito de aquel hombre que está cumpliendo condena..."
Y recibió magistrales lecciones teóricas de uno de los más reputados macarras locales, privado pasajeramente de libertad a causa de "un desgraciado malentendido":
—¡Porque para ejercer el oficio de chulo no sirve cualquier persona, chaval. Yo quiero a mi mujer, y ella me quiere y me respeta, porque tiene la plena seguridad de mi respaldo, y sabe que el desgraciado que se meta con ella va ir directamente al hospital, ¡por éstas! ¡Claro que vivo con el dinero que ella gana! Tengo una habitación en el mejor hotel de la ciudad; los mejores trajes; un estupendo coche y excelente comida, pero me juego la vida para protegerla, y cuando se mete en la cama conmigo a las cinco de la mañana, tengo que darle todo lo que me pida, y hacerle sentir lo que no ha sentido con todos los tíos que se la acaban de follar, y chupar todos los rincones de su cuerpo olvidando que allí mismo acaban de estar otros, porque ella sólo me quiere a mí. Y, de vez en cuando, hasta tengo que propinarle un par de bofetones. Yo soy un profesional, chaval, y te repito que para ser macarra hay que valer. ¡El oficio del chulo es casi un sacerdocio!
Juraría que Ceballos ingresó en prisión siendo niño, y salió un mes después hecho un hombre.
Se percibía un sutil cambio en su persona, del que, posiblemente, no era consciente, pero la diferencia entre niños y hombres no la marca la edad, sino esa vivencia perdida y olvidada en el torrente de la vida, que provoca en nosotros la rotura del invisible cascarón y la eclosión del pollo-hombre.
La prisión hizo eclosionar a "Canastito".
Meses después, seguíamos riendo con sus inacabables y graciosísimos relatos carcelarios, narrados desde la acogedora libertad de un entorno confiable y amistoso... ¡pero tengo la absoluta seguridad de que las pasó más putas que en vendimias!
No sé si habrán quedado suficientemente aclarados mis conceptos de preso, presidiario y prisionero, pero la verdad es que he pasado un rato agradabilísimo so pretexto de definirlos adecuadamente.
No obstante, si tienen alguna duda, no duden en telefonearme para evacuar cualquier consulta al respecto.
Si no encuentran mi número en la guía, pueden preguntar en el CESID; o en la cárcel más próxima.

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