
Seguí tu andar como leal cachorro
buscando el alimento de tu mano
y hendiendo tus perfumes con mi morro
de la orilla del mar al altiplano,
prendido del arrobo y de la gracia
de tu verso gentil, sereno y llano.
Dios sabe que no escribo con falacia
y que en cada renglón te busqué amante
aromado de pinos y de acacias.
Asomaba la Luna en su menguante
por encima de los helados cerros,
y el puelche me traía susurrante
mensajes de amoríos y de anhelos,
cuando creí escuchar tu voz ansiada
llegando desde el fondo de los cielos,
pero el batir del mar en la ensenada,
con un inmenso trajín de olas y espuma,
no me dejó entender nada de nada.
Rugió feroz y pavoroso el puma,
oculto por la fronda en la espesura,
y suave como el vuelo de una pluma
e infantil como niña travesura
llegó hasta mí tu canto en un lamento,
cubierto de verdor y de negrura.
Interrogué a todo el firmamento
y demandé al Sol y a las estrellas
cómo atrapar tu perfumado aliento;
cómo grabar la huella de tu huella
en mi alma casquivana y pecadora,
más meretriz infecta que doncella.
Me sorprendió la alborozada aurora
sumido en un completo abatimiento
por no sintonizar con tal autora.
Yo soy un perro fiel y estoy hambriento
de manjares de osada poesía
mas, Gabriela, en melifluas ambrosías
jamás podré saciar mis sentimientos.
Te tengo que olvidar..., aunque lo siento.
Este poema se me ocurrió después de leer a Gabriela Mistral, extraordinaria poetisa que, sin embargo, no es de mis preferidas. Cuestión de gustos.
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